Periódico El Mundo.
El mundo laboral actual está
repleto de trabajos con idiosincrasias diferentes, pero entre ellos destaca,
sin duda, la docencia por su capacidad de trascender la realidad estrictamente
funcional y convertirse en una pasión. Tradicionalmente, se ha hablado de la
vocación como una condición sine qua non para ejercer la enseñanza, pero
paradójicamente casi nunca se ha dedicado un espacio en la formación del
docente a reflexionar y a ser conscientes de la importancia de dicha vocación. Esta
tendencia ha conducido irremediablemente a una mecanización e
instrumentalización de la profesión educativa, de modo que muchos estudiantes
no quieren ser docentes, sino funcionarios (prima el criterio económico sobre el
vocacional). Para crear en el aula un espacio de disfrute y aprendizaje eficaz,
es imprescindible rescatar el componente pasional, ya que, sin él, es muy
difícil que el profesor guíe con garantías a los alumnos en sus desarrollos
educativos. En mi caso, procedo de un entorno familiar que se dedica a la
enseñanza, de manera que he gestado esa querencia desde la infancia.
Ahora bien, más allá del entorno familiar, tenemos la suerte de compartir a lo largo de nuestra vida experiencias con personas que marcan un punto de inflexión en nuestra manera de concebir esta profesión. Son modelos de inspiración que recordamos con especial afecto y que nos sirven para definir a grandes rasgos el tipo de docente que nos gustaría ser, aunque luego siempre añadamos nuestra particularidad. Mi madre, aun siendo el referente más importante, no es el único. En 4º de la ESO tuve el privilegio de coincidir con dos profesores que me ayudaron a amar materias que antes aborrecía; de ahí que se convirtieran en referentes imprescindibles, ya que me hicieron comprender la importancia de tener a un profesor que ama lo que hace y que es capaz de comunicar y transmitir con pasión. El primero de ellos fue el profesor de Historia del Arte, que me enseñó a apreciar las manifestaciones artísticas desde un punto de vista que nunca antes me había planteado. El segundo fue el profesor de Latín, que me inculcó el amor no solo por la lengua madre, sino por todo tipo de lenguas, destacando entre ellas el castellano y el catalán. Gracias a él, vislumbré las infinitas relaciones que existen entre todas las manifestaciones lingüísticas y estas, a su vez, con sus respectivas realidades culturales.
Precisamente, esta capacidad de relacionar ha sido clave en la selección de mi futuro profesional. La vinculación de saberes y destrezas es un proceso particular e interno de cada alumno que le brinda la posibilidad de tener una cosmovisión coherente de la realidad circundante y, asimismo, de desarrollar progresivamente un sentido crítico con el que poder darle explicación a esa realidad según su punto de vista. En la actualidad, es evidente que este sentido crítico se está perdiendo –sin afán de generalizar– por diversos motivos (el mal uso de las redes sociales, el sensacionalismo de algunos medios de comunicación o un sistema educativo incapaz de ofrecer una enseñanza que atienda a todos los ámbitos que intervienen en el proceso de aprendizaje, entre otros). De este modo, vocación, inspiración y voluntad de hacer una sociedad mejor y más educada (en el sentido laxo del término) se convierten en las principales razones por las que he decidido dedicarme a la docencia; un ámbito en el que, respetando siempre la ley, intentaré aportar nuevas ideas y planteamientos.

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