domingo, 25 de octubre de 2020

En busca del sentido de la docencia

 

Periódico El Mundo.


El mundo laboral actual está repleto de trabajos con idiosincrasias diferentes, pero entre ellos destaca, sin duda, la docencia por su capacidad de trascender la realidad estrictamente funcional y convertirse en una pasión. Tradicionalmente, se ha hablado de la vocación como una condición sine qua non para ejercer la enseñanza, pero paradójicamente casi nunca se ha dedicado un espacio en la formación del docente a reflexionar y a ser conscientes de la importancia de dicha vocación. Esta tendencia ha conducido irremediablemente a una mecanización e instrumentalización de la profesión educativa, de modo que muchos estudiantes no quieren ser docentes, sino funcionarios (prima el criterio económico sobre el vocacional). Para crear en el aula un espacio de disfrute y aprendizaje eficaz, es imprescindible rescatar el componente pasional, ya que, sin él, es muy difícil que el profesor guíe con garantías a los alumnos en sus desarrollos educativos. En mi caso, procedo de un entorno familiar que se dedica a la enseñanza, de manera que he gestado esa querencia desde la infancia.

Ahora bien, más allá del entorno familiar, tenemos la suerte de compartir a lo largo de nuestra vida experiencias con personas que marcan un punto de inflexión en nuestra manera de concebir esta profesión. Son modelos de inspiración que recordamos con especial afecto y que nos sirven para definir a grandes rasgos el tipo de docente que nos gustaría ser, aunque luego siempre añadamos nuestra particularidad. Mi madre, aun siendo el referente más importante, no es el único. En 4º de la ESO tuve el privilegio de coincidir con dos profesores que me ayudaron a amar materias que antes aborrecía; de ahí que se convirtieran en referentes imprescindibles, ya que me hicieron comprender la importancia de tener a un profesor que ama lo que hace y que es capaz de comunicar y transmitir con pasión. El primero de ellos fue el profesor de Historia del Arte, que me enseñó a apreciar las manifestaciones artísticas desde un punto de vista que nunca antes me había planteado. El segundo fue el profesor de Latín, que me inculcó el amor no solo por la lengua madre, sino por todo tipo de lenguas, destacando entre ellas el castellano y el catalán. Gracias a él, vislumbré las infinitas relaciones que existen entre todas las manifestaciones lingüísticas y estas, a su vez, con sus respectivas realidades culturales.

Precisamente, esta capacidad de relacionar ha sido clave en la selección de mi futuro profesional. La vinculación de saberes y destrezas es un proceso particular e interno de cada alumno que le brinda la posibilidad de tener una cosmovisión coherente de la realidad circundante y, asimismo, de desarrollar progresivamente un sentido crítico con el que poder darle explicación a esa realidad según su punto de vista. En la actualidad, es evidente que este sentido crítico se está perdiendo –sin afán de generalizar– por diversos motivos (el mal uso de las redes sociales, el sensacionalismo de algunos medios de comunicación o un sistema educativo incapaz de ofrecer una enseñanza que atienda a todos los ámbitos que intervienen en el proceso de aprendizaje, entre otros). De este modo, vocación, inspiración y voluntad de hacer una sociedad mejor y más educada (en el sentido laxo del término) se convierten en las principales razones por las que he decidido dedicarme a la docencia; un ámbito en el que, respetando siempre la ley, intentaré aportar nuevas ideas y planteamientos.

El camino que me condujo a la docencia

Desde pequeña me he sentido atraída por la enseñanza, sobre todo por el ambiente en el que me han educado, pues mis padres son maestros de primaria y mis dos hermanos están estudiando para ser profesores de secundaria. Asimismo, en el colegio tuve a una profesora de lengua castellana y valenciana a la que admiraba por sus clases tan dinámicas y su seguridad a la hora de explicar los contenidos.

          No obstante, mis ganas de ser docente se desvanecieron en el instituto, pues los profesores acababan sin energías al ver que sus alumnos no les hacían caso y suspendían. Pensé, por tanto, que no sería capaz de soportar a treinta adolescentes en una clase. Este pensamiento lo mantuve unos años hasta que, ya en la universidad, empecé a impartir clases particulares de valenciano, castellano y saxofón a adolescentes que querían reforzar estas asignaturas. Fue en ese momento cuando perdí mis prejuicios sobre la enseñanza y los adolescentes, ya que me di cuenta de sus grandes capacidades de aprendizaje y de la necesidad que tenían de sentirse escuchados y comprendidos. Por otra parte, esta experiencia me sirvió para asentar los conocimientos que había adquirido durante mis estudios, pues antes de poder explicar los contenidos a mis alumnos de una manera clara tenía que entenderlos a la perfección. Y ese es otro motivo por el que quiero dedicarme a la enseñanza: sentir que soy capaz de explicar a los demás todo lo que he aprendido. Asimismo, me gustaría señalar que con las clases particulares he experimentado lo gratificante que resulta que tus alumnos mejoren sus resultados gracias a tus instrucciones. Es por eso por lo que después de cada clase me sentía feliz, motivada y llena de energía.

Finalmente, otro aspecto clave que me motivó para dedicarme a la enseñanza tuvo lugar cuando estaba en segundo de carrera, pues conocí a un profesor enamorado de la literatura que había soñado desde pequeño con ser docente. Sus clases eran diferentes: se movía por el aula al mismo tiempo que explicaba los contenidos, promovía la participación de todos los alumnos, contaba anécdotas de sus clases en el instituto, nos daba consejos relacionados con nuestro futuro y nos leía fragmentos de sus textos favoritos durante los últimos cinco minutos de clase. Nunca había visto a un profesor con tanta vocación y que disfrutara tanto impartiendo sus clases. Definitivamente, fue una inspiración para mí.

          

viernes, 23 de octubre de 2020

El día que la vocación docente se cruzó en mi camino

 


Debo ser honesta; nunca pensé en la enseñanza como una opción para mi vida laboral. Pero uno nunca puede visualizar lo que habrá verdaderamente en su camino. Tuve y tengo una vocación hacia la que me dirigí con firmeza desde el primer minuto en el que fui consciente de que debía elegir: El periodismo. Me lancé a la aventura y, desde que pisé la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense de Madrid, viví para y por mi pasión. Lo convertí en mi trabajo, en un modo de vida y, cuando todo parecía estar consolidado, llegó una experiencia que cambió mi perspectiva laboral y también, la de otra profesión en la que no había reparado nunca como una posibilidad.

A decir verdad, no guardo recuerdos demasiado cautivadores de mi etapa académica. Simplemente, completé con éxito cada uno de los pasos que me condujeron hacia las aulas de la Complutense. Cada profesor apareció con su forma de enseñar, ninguno mejor y ninguno peor, pero sin dejar impronta alguna que me hiciera pensar en la docencia como opción profesional. Digamos, sin tapujos, que no recibí impacto o estímulo alguno que despertara en mi la voluntad de enseñar. Eso fue en la etapa escolar, hace ya demasiados años. Lo que vino después pertenece a otro momento vital en el que todo había adquirido una mayor intensidad y trascendencia.

Sin apenas imaginarlo, mi primera vocación me condujo a ocupar un aula de primero de Periodismo en la Universidad Miguel Hernández. Alguien en el Departamento de Ciencias Sociales había concluido que una periodista debía hablar a los principiantes de cómo se desenvuelve una mujer en aquello del periodismo deportivo. Y por azares de la vida allí aparecí yo. Aquel fue el día en que otra vocación se cruzó en mi camino. Desde entonces, hace ya 13 años, no he dejado de intentar buscar la mejor fórmula para enseñar. A jóvenes -y no tan jóvenes- universitarios y también a adultos funcionarios. En muchas ocasiones, he imaginado que si pudiera volver 25 años atrás habría elegido la docencia como camino. Eso ya es imposible. Pero no lo es tratar de recomenzar ahora una nueva etapa con la misma ilusión o más que la anterior. Y quizás también con mayor consciencia.

Así que aquí estoy. Digamos que la vida me brindó el enorme privilegio de trabajar como periodista durante dos décadas y que, en ese tiempo, la docencia se cruzó para indicarme que allí se abría un nuevo sendero por el que transitar. Un antes y un después. Ahora me dispongo a caminar hacia una experiencia por descubrir.

Seguir caminando

El haber llegado hasta aquí es resultado de un largo viaje académico que comenzó en mis años de instituto. Avanzada la ESO comencé a tener claro que lo mío eran las Humanidades. Se me daban muy bien los idiomas, me gustaba estudiar Historia y leía con gusto casi todo lo que nos pedían. Creo que hubo varios profesores que contribuyeron a que mi interés no decayera y que me animaron a seguir esforzándome y aprendiendo. Guardo muy buen recuerdo de Miguel Ángel y María José, profesores de Lengua y Literatura, también de Ascen, François, Virginia y Teresa, profesoras de Inglés, Francés, Latín y Griego, respectivamente. Durante esos primeros años en el instituto comencé a encarrilar mi futuro, aunque fue ya en Bachillerato cuando decidí que quería matricularme en filología en la universidad.

Comencé el grado de Lenguas Modernas, Cultura y Comunicación en la modalidad de Inglés y Alemán. De mis años de carrera recuerdo con mucho cariño a Yolanda, mi profesora de alemán, que no solo ejerció su papel como profesora, sino también como orientadora y amiga, aconsejándome en mis elecciones y prestándome siempre su ayuda. Ella nos motivó con sus clases y me hizo perder el miedo a pedir el Erasmus en Alemania, porque confió plenamente en mis capacidades y conocimientos. En gran medida, gracias a ella cambié mi elección y pedí destinos alemanes. El año de Erasmus en Bonn fue sin duda uno de los mejores de mi vida a nivel académico y personal.

Al final de la carrera, comencé a dar clases particulares de inglés a niños, pero por aquel entonces no estaba segura de querer ser profesora. Siempre he tenido muchos intereses e inquietudes diversas; sin embargo, tras acabar la carrera me encontré más perdida que nunca. Tenía muy claro que seguir estudiando y formarme era la mejor opción, pero no sabía qué paso dar a continuación. Terminada la carrera pensé que era un buen momento para comenzar otros proyectos. Y eso hice. Gracias a unos amigos, me enteré de que había unas becas de Auxiliar de conversación en el extranjero. Debíamos pedirlas con un año de antelación, así que las pedí en 2017 para comenzar en septiembre de 2018. Todo ese año lo dediqué a estudiar alemán en academia —ya que mi destino sería de nuevo Alemania—, y también lo aproveché para sacarme el curso de Monitora de ocio y tiempo libre. Este curso me acercó un poco más al lugar en el que me encuentro hoy, pues descubrí que me encantaba trabajar con niños y adolescentes y que podía ser buena en ello. Además, todos los monitores y profesores que impartieron el curso nos trasmitieron su pasión y motivación por este mundo. Y esto desde luego marca una gran diferencia y facilita mucho el aprendizaje. 

No fue hasta que comencé las prácticas como auxiliar en Alemania que me di cuenta de que la educación me motivaba más de lo que yo pensaba. Siempre me he considerado una persona muy empática, comprometida con los demás y con el mundo que me rodea, apasionada de las Humanidades, de los idiomas y de la literatura y el arte. Sin embargo, hasta que no me vi en un instituto trabajando codo con codo con las profesoras de español y estando frente a alumnos y alumnas de todas las edades, no supe que este podría ser mi futuro. Fue una experiencia muy gratificante, gracias a la cual aprendí muchísimo y que me ayudó a tomar la decisión que tanto tiempo me había costado tomar. Siempre recodaré con mucho cariño a Christine B., Neele, Leonie y Christine F., profesoras de español en el instituto alemán, así como a algunos alumnos con los que trabajé allí.

Tras meses de búsqueda y análisis de ofertas, encontré la doble titulación simultánea del máster de Estudios Literarios y Profesorado en la Universidad de Alicante. Si bien sabía que me interesaba mucho la educación y que tenía vocación para dedicarme a ella, sabía también que me gustaban otros aspectos dentro del mundo literario a los que no quería renunciar. Todos sabemos que la profesión docente es muy compleja y que, en muchas ocasiones, lleva años poder dedicarse a ella y obtener una plaza. Por eso, pensé que sería una buena idea tener un plan B: más formación que me pudiera servir tanto en el ámbito profesional de la enseñanza como en otros relacionados con las Humanidades y la literatura. Recién comenzado el máster de Profesorado y con las oposiciones lejos aún, no descarto continuar mi camino por otras rutas y seguir aprendiendo y formándome en estas disciplinas.




miércoles, 21 de octubre de 2020

Música en las aulas.

 

Desde que puedo recordar me he sentido atraída por la música, y pronto decidí que quería dedicar mi vida a ella. Más tarde, me planteé la enseñanza, como una forma de acercar la música a la gente.

Me encanta la sensación de transmitir a los alumnos conocimientos, y lo que es más importante, valores y emociones.

La música forma parte de nuestro día a día y es imprescindible en la sociedad, no conozco a nadie que no le guste o que no la disfrute, cada uno a su manera. Por esto, me parece importante llevarla a las aulas de nuestros institutos, siendo una asignatura interesante y divertida con un buen planteamiento.

También es una disciplina que mejora la concentración y la psicomotricidad, aumentando así las capacidades de los alumnos.

Por todos estos motivos me quiero dedicar a la enseñanza, aportando mi granito de arena a la sociedad con la educación musical.



ALFREDO RIPOLL-MÚSICA